Educar es amar – Proverbios 13

«Educar es amar». Comienza el capítulo con algo que para unos puede ser obvio y para otros un cuento de viejas. Se trata de las actitudes contrastadas de dos tipos de jóvenes, uno sabio y otro burlador. El hijo sabio recibe el consejo del padre; mas el burlador no escucha las reprensiones (1). Escuchar o no escuchar las reprensiones de los padres nos convierte en sabios o necios ya desde la adolescencia. Nos jugamos mucho, quizás mucho más de lo que creemos, al oír o desoír los consejos de los padres.

La voluntad de enseñar y de aprender

Para que se haga posible el aprendizaje han de confluir las voluntades del que enseña y del que aprende. Es por eso que uno de los problemas actuales del sistema educativo, y no pequeño, es la falta de motivación de nuestros jóvenes para aprender aquello que la generación adulta trata de enseñarles. No ven la necesidad de estudiar aquello que se les exige. Si esto es grave en los aspectos instructivos que pueden determinar el futuro profesional y formativo de nuestros jóvenes, ¿qué decir de las consecuencias morales cuando el adolescente menosprecia la corrección? ¿Cuántos errores cometerá en la vida que luego lamentará?     Por eso, querido joven, los padres y los educadores hemos de intervenir de manera activa en vuestra formación, especialmente en los aspectos morales y espirituales.

La educación permisiva

La Biblia cuenta la historia de una persona que optó por una educación permisiva. Se trata de Elí, uno de los sumos sacerdotes del tiempo de los Jueces. No que estuviera de acuerdo con lo que hacían sus hijos, claro que les llamaba la atención, pero no era suficiente. Les sermoneaba al estilo de como sermonean muchos padres y madres en el día de hoy. Muchos se quejan y con frecuencia comentan con aire de impotencia y fracaso: “Yo ya se lo digo,… yo ya les advierto,… pero ¿qué puedo hacer si no me hacen caso?” Elí no actuó con la contundencia que debió hacerlo y el Señor lo tomó como que había honrado a sus hijos más que a Él. Toda la casa pagó las consecuencias. La historia se encuentra en 1S.2:22-31.

La disciplina y corrección

Por eso dice el v.24: El que detiene el castigo, a su hijo aborrece; mas el que lo ama, desde temprano lo corrige. Nunca envidies a tus “colegas” cuyos padres les dejan hacer lo que les da la gana. No es un gesto de amor precisamente; es la forma, equivocada por cierto, de conducir a sus hijos a una terrible tragedia. No es cómodo disciplinar; es más, corregir a quien se ama puede llegar a ser una carga más grande para el que imparte la disciplina que para el que la recibe. Con razón un refrán castellano dice: “Quien bien te quiera, te hará llorar”.

Da gracias a Dios si tienes unos padres que no “pasan” de ti, que te ponen límites, que te aconsejan, que te hacen ver las situaciones de peligro que vas a encontrarte, que te corrigen cuando te equivocas. Si sólo la sabiduría es la que libra al joven del peligro de tomar el camino de muerte y de realizarse en el camino de la vida (v.14), hemos de entender que los “sabios naturales” en el hogar, nuestro primer entorno, son los padres. No es exagerado decir que: Pobreza y vergüenza tendrá el que menosprecia el consejo; mas el que guarda la corrección recibirá honra (18).

Elegir bien las amistades

La Biblia no ignora que no son los padres la única referencia moral. Desde la adolescencia los grupos de chicos y de chicas tienen una gran importancia en el desarrollo madurativo de las personas. Es cuando se nos viene abajo la imagen que nos habíamos hecho de nuestros padres durante la niñez. Ni lo pueden todo, ni lo saben todo y ni siquiera nos comprenden “porque son de otra generación”. Todos hemos pasado por ahí. El grupo de iguales es una gran puerta que se abre llena de posibilidades de enriquecimiento personal, de valoración de la verdadera amistad, pero también de grandes peligros. De aquí el v.20: El que anda con sabios, sabio será; mas el que se junta con necios será quebrantado. Una manera de decirte: ¡Escoge bien a tus amistades!

O sea, que aquello de “las malas compañías”, que ahora llaman presión de grupo, es algo más que un dicho de viejas.