Mi viejo me está rayando

¿Quién no se ha sentido incómodo al ser amonestado, exhortado, reprendido o corregido por padres o profesores?

Todas las generaciones lo hemos experimentado en mayor o menor medida y en consonancia con las costumbres y cultura de cada época. Es incómodo para los hijos y es incómodo para los padres. Posiblemente por eso son muchos los padres que hacen dejación de funciones y ceden a la tentación de la sobreprotección y la permisividad. “Yo soy amigo de mis hijos, un colega más”. Qué grave error, qué daño irreparable en las nuevas generaciones.

El sabio-padre de nuestro texto incide delante del discípulo-hijo sobre la importancia de la sabiduría, presentada aquí como enseñanza, cordura, ley, inteligencia. Ha de ser oída, retenida y guardada. La sabiduría ha sido transmitida generación a generación. El sabio también fue discípulo y hubo de pasar por el mismo ejercicio de dedicación. No hay atajos ni excepciones; el padre piadoso y coherente sabe que no puede dejar desarmado a su hijo en la peligrosa jungla de la vida. O escoge la sabiduría como fiel e íntima compañera, o terminará pereciendo en algún camino de muerte.

Hazte amigo de la sabiduría 

(5-9). Hay muchas personas que dedican gran parte de su vida a ensanchar sus conocimientos sobre algo en particular o a desarrollar una determinada afición; seguro que tú ya te lo has planteado. La recompensa que vas a obtener es la actividad misma, tu participación en aquello que te gustaría hacer. Sin embargo, la sabiduría que viene de lo alto y se manifiesta en una vida temerosa del Señor, no absorbe nuestro esfuerzo sin más, ni se convierte en una finalidad en sí misma; corresponde de tal manera a quien la busca, que le conduce a una vida plena. Primero ha de haber un esfuerzo constante para adquirirla (5). Hay una labor de tenerla siempre presente, cultivarla, amarla (6). Es entonces cuando nos guarda y nos preserva al evitarnos cometer muchos errores. Colocarla en el lugar prioritario, fructificará a la larga en la exaltación del piadoso (8-9) o, si se prefiere, el ensalzamiento del humilde.

Déjate guiar por ella

(10-13). En el transcurrir de la vida surgen muchos caminos, opciones sobre las cuales hemos de decidir para seguir adelante. Si eres impulsivo tomarás la primera vereda que te surja, si eres reflexivo te lo pensará más, pero elegir correctamente no es cuestión de equilibrio personal sino de sabiduría. Cuando ésta nos acompaña, el camino es seguro (11-12), es el que lleva a la vida (10,13).

Si no es así, te vas a torcer 

(14-17). La idea de camino es reiterativa en el libro de Proverbios. Tengamos en cuenta que camino lleva la idea de andar, de conducirse en la vida. El camino puede estar ya hecho y entonces sólo es cuestión de iniciarlo y de seguirlo. Es el caso del camino de los malos en nuestro texto. El joven inexperto puede ser tentado a tomarlo, que en definitiva es ser tentado a imitar las vidas impías de personas de malas obras y de malos pensamientos.

¿Qué puede haber tan atractivo en el mundo de los malos para que el sabio advierta con tan gran énfasis al joven? (13-15). ¿Aventuras? ¿Recursos de fácil obtención? ¿Poder por medio de la violencia? ¿Renuncia a cualquier tipo de esfuerzo o sacrificio en la vida, o sea indolencia o pereza?

Porque los caminos son diferentes 

(18-19). El contraste de las vidas de los justos y de los inicuos no puede ser mayor. La figura va mucho más allá de un camino de luz y otro de tinieblas. Incluso la forma de estar ambos presentes es distinta. El que toman los impíos es oscuro desde el primer momento, sólo pueden tropezar. Lo más trágico es que ni siquiera pueden discernir la raíz del problema, saber por qué tropiezan. El que toman los justos es progresivo. Con la aurora hay luz suficiente para tomar el camino, para arrancar, pero el que tomó el camino de la sabiduría progresa en el conocimiento de Dios, en el discernimiento, en la aprehensión de la verdad que hace suya. Es un camino transformador que apunta siempre hacia la madurez, la perfección. La experiencia del piadoso no es un punto sino una línea que termina en la eternidad.

No puedes nadar y guardar la ropa 

(20-27) Si quieres que la sabiduría te guíe has de dejar que invada tu personalidad. Nada de ella puede quedar fuera de su influencia. El aprendiz ha de empezar por inclinar el oído, que es una expresión que sin duda va más allá de la mera atención. Inclina el oído (20) quien está dispuesto a obedecer, el que asume la importancia y solemnidad de aquello que le es transmitido. Las palabras de sabiduría no han de apartarse jamás de los ojos, fuente de tentaciones codiciosas (21, 25). La boca (24), otro punto vulnerable capaz de producir grandes bendiciones y grandes maldiciones, ha de estar bajo el control de la sabiduría. Los pies, símbolo de la conducta (25), nos hablan de la rectitud de vida.

Ahora bien, de todos estos símiles que evocan una vida bajo el control de Dios, el corazón ocupa una posición clave. En la mentalidad hebrea el corazón se concebía como el centro que todo lo gobierna, el que hace que el hombre sea lo que es. Algo de su significado tiene que ver con los conceptos modernos de personalidad, voluntad, mente. Sin duda un corazón alejado de la sabiduría solo puede dar los frutos que el Señor mismo citó: Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre. (Mar 7:21-23). Seguro que no lo deseas.